COLOMBIA EN EL NUEVO ORDEN ECONÓMICO GLOBAL
CARLOS HERNÁN RODRÍGUEZ BECERRA
contralor general de la república
Diciembre 2025, Edición 378.
EL MUNDO ATRAVIESA LA TRANSICIÓN ECONÓMICA, POLÍTICA Y MILITAR MÁS PROFUNDA DESDE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL. Las acciones unilaterales de algunas potencias, las guerras comerciales y las sanciones aplicadas incluso entre países con tratados de libre comercio han generado un ambiente de incertidumbre que erosiona las bases del multilateralismo.
Tras la conflagración de mediados del siglo XX, se crearon instituciones para arbitrar los conflictos internacionales y promover la cooperación: la ONU, la OMC, la Unesco o las Cortes Internacionales. Sin embargo, su debilitamiento y el retorno del proteccionismo marcan el inicio de una etapa en la que prevalece la fuerza sobre la norma. La imposición de aranceles sin procesos jurídicos, así como las sanciones económicas y tecnológicas, se ha convertido en herramienta de presión geopolítica
Los tratados de libre comercio, diseñados para eliminar barreras y fomentar la integración, enfrentan hoy una crisis de confianza. Las potencias los reinterpretan según sus intereses internos, reintroduciendo aranceles y condicionamientos políticos. El resultado es un entorno comercial inestable que obliga a las economías emergentes a negociar bajo presión, sacrificando parte de su soberanía económica.
En este contexto, Colombia —histórico aliado de Estados Unidos— enfrenta una relación tensa. Los temas compartidos en seguridad, migración y medio ambiente no han bastado para evitar choques diplomáticos. La decisión del presidente Trump de imponer un arancel general del 10 % a las exportaciones colombianas afectó cerca del 30 % de las ventas externas de café, flores, banano, textiles y plásticos, golpeando directamente a los sectores más vulnerables.
Aun así, el país ha mostrado resiliencia: pese a las tensiones, las exportaciones a Estados Unidos crecieron 7,5 % en el primer semestre de 2025. Esa fortaleza refleja la calidad de la oferta nacional, pero también la urgencia de diversificar mercados y reducir la dependencia de un solo socio, que hoy representa el 27 % de nuestras exportaciones y el 20 % de las importaciones.
Como advierte Javier Díaz, presidente de Analdex, la vulnerabilidad estructural del país radica en su escasa diversificación exportadora: más del 50 % de las ventas externas provienen del sector minero-energético y una porción significativa depende de café, banano y flores. Esta concentración nos expone a choques de precios y volatilidad de la demanda. José Ignacio López, de ANIF, subraya que los aranceles se han convertido en símbolos de soberanía económica, reconfigurando el mapa industrial global.
La coyuntura exige redefinir nuestra inserción en el comercio mundial. Colombia podría beneficiarse de la reconfiguración de las cadenas globales y del acercamiento productivo a Norteamérica, pero enfrenta limitaciones logísticas, altos costos energéticos y una regulación compleja. Transportar mercancías desde el centro del país a los puertos del Caribe cuesta el doble que en economías competidoras, reduciendo la competitividad de las exportaciones no tradicionales.
La guerra comercial, el ascenso de Asia y la disputa por el control de tecnologías críticas han transformado la naturaleza del comercio internacional. Ya no se trata solo de bienes físicos: los flujos digitales, los datos y los servicios tecnológicos definen el nuevo tablero. La competencia por semiconductores, minerales estratégicos y energías limpias es hoy tan relevante como las antiguas batallas arancelarias.
Frente a este panorama, Colombia debe fortalecer su base industrial y agroindustrial, impulsar la bioeconomía aprovechando su biodiversidad y expandir los servicios modernos —software, industrias creativas y BPO— como nuevas fuentes de divisas. La inserción inteligente en el comercio global pasa por aumentar el valor agregado a las exportaciones y no por depender exclusivamente de materias primas.
El retorno del proteccionismo, la desaceleración del comercio y la confrontación entre grandes potencias configuran una nueva era. América Latina comienza a reorientar su comercio hacia el Pacífico y Asia, buscando alianzas más pragmáticas. La participación de Colombia en iniciativas como la Franja y la Ruta de China podría abrir oportunidades en infraestructura sostenible, siempre que se respeten la viabilidad financiera y los estándares ambientales. Esta diversificación no implica abandonar a los socios tradicionales, sino ampliar el horizonte estratégico del país.
El conflicto diplomático de enero de 2025, cuando Estados Unidos impuso aranceles temporales del 25 % al 50 %, demostró la fragilidad de la relación bilateral. Aunque la gestión de los gremios permitió revertir la medida, el episodio evidenció la vulnerabilidad del país frente a decisiones unilaterales. Las tensiones recientes entre mandatarios amenazan con reactivar las sanciones y requieren prudencia diplomática, diálogo institucional y participación activa del sector privado para proteger el interés nacional.
Colombia necesita una estrategia de Estado, no de gobierno. La política exterior económica debe superar las coyunturas y las diferencias ideológicas, garantizando continuidad en las relaciones internacionales y coherencia en las metas de desarrollo productivo.
Preservar un comercio exterior vigoroso exige cooperación entre el sector público y el privado, planificación de largo plazo, diplomacia económica efectiva y una política industrial orientada a diversificar productos y mercados. Solo así el país podrá afrontar con estabilidad la transición hacia un nuevo orden económico global y convertir los riesgos en oportunidades de desarrollo sostenible. EC
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