CRISIS, BONANZA Y CONTROL: LAS CLAVES ECONÓMICAS DEL MANEJO ESPINOSA VALDERRAMA
ABDÓN ESPINOSA VALDERRAMA
abogado y economista
Julio 2025, Edición 375.
Abdón Espinosa Valderrama asumió las riendas del Ministerio de Hacienda en dos momentos críticos de la economía colombiana: la crisis cambiaria bajo el gobierno de Lleras Restrepo y la bonanza cafetera en el de López Michelsen. En ambos casos, su manejo estratégico de las finanzas públicas evitó el colapso y la hiperinflación, sentando las bases para una economía más sólida y resiliente.
AL TERCER INGRESO AL MINISTERIO DE HACIENDA Y CRÉDITO PÚBLICO, ya con el rango de ministro, designado por el presidente Carlos Lleras Restrepo el mismo día de su asunción del mando, descubrí el fenómeno que la Cepal denominaría crisis de estrangulamiento exterior. Hasta ese momento se la había disfrazado con hábiles ropajes y se habían mitigado sus manifestaciones con crédito externo. Por aquella época no se pensaba que los países pudieran quebrarse, conforme se ha observado en el accidentado y disparejo itinerario de la Unión Europea. En secreto se había conseguido mantener la anomalía inquietante de las reservas monetarias internacionales negativas por valor de 130 millones de dólares, suma en que los pasivos superaban a los activos. Sin contar 102 millones que la Federación Nacional de Cafeteros había contraído en préstamo y transferido al Banco de la República, agotadas como estaban sus propias líneas de crédito y cerrada la posibilidad de su renovación.
De haberse filtrado al público semejante adversidad, habría sobrevenido ruinosa fuga de capitales y el tipo de cambio se habría disparado. Era riesgo permanente que no habría de cesar sino dando sorpresivo y fuerte viraje a la situación, brasa que quemaba las manos.

El país venía recibiendo un préstamo de programa de la AID con desembolsos subordinados a la luz verde del Fondo Monetario Internacional que, a su turno, había otorgado un crédito de contingencia con desembolsos graduales.
Las gestiones iniciales estuvieron orientadas al mantenimiento o la renovación de esos préstamos. Con franqueza advertimos al consejero del presidente Johnson, Sam Eaton, que de lo contrario nos veríamos obligados a someter todo a controles. Con asombro recibió la prevención, pero estoy seguro de que no le reconoció viabilidad ni verosimilitud.
Al primer emisario del FMI, señor Zassenhaus, le expusimos por qué diferíamos de sus criterios para la carta de intención, requisito ineludible de un nuevo crédito de contingencia y de su visto bueno para los préstamos de la banca internacional al Banco de la República.
Nada valieron nuestras reflexiones y alegaciones. Hasta el extremo de que otro emisario del FMI planteara el tajante y simplista dilema de devaluación inmediata o bloqueo de los créditos externos. Varias veces he relatado que le ofrecí responder en la mañana del día siguiente, en cuanto comunicara y sometiera a juicio del Jefe del Estado la perentoria notificación. El problema era de magnitud inusitada.
Dado el apremio y previa deliberación y opinión unánime del Consejo de Ministros, coincidente en el rechazo de tal exigencia, en la madrugada siguiente se expidieron los decretos de establecimiento del control de cambios e importaciones, valiéndose de las facultades del artículo 121 de la Constitución, por ser caso apremiante de orden público. Entonces pudimos respirar tranquilos quienes teníamos la responsabilidad del manejo de los factores en crisis.
En realidad, el problema se venía gestando en el curso de los últimos años a través del declinar crónico del ingreso externo por habitante. Condicionada la economía colombiana a la suerte del café, era inevitable que las necesidades crecientes de una población igualmente creciente no pudieran satisfacerse, primordialmente y de modo indefinido, con los limitados recursos de cambio exterior generados por el cultivo y venta del grano.

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La Reforma Administrativa de 1968 impulsada durante el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, fue una transformación profunda en la estructura del Estado para modernizar y hacer más eficiente la administración pública.
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Su larga y fecunda historia se encontraba, como hoy, plena de aportes a Colombia, empezando por su civilización de vertiente, su creación de empleo y su estructura democrática. Pero no estaba ya en capacidad de soportar el compromiso de garantizar al desarrollo del país el elemento imprescindible para el funcionamiento de los mecanismos de su intercambio internacional: divisas en monto suficiente.
Mientras tanto, la nación se refugiaba en la sustitución de importaciones que tarde o temprano habría de estallar. En los primeros tiempos era fácil restringir las de los artículos suntuarios, pero luego se fue extendiendo hasta los límites intraspasables de los necesarios para el proceso de desarrollo y acercándose al peligro de afectar incluso materias primas y bienes de capital. Fue un modelo temporal, desprovisto, por su misma naturaleza, de la capacidad de contribuir sin término al desarrollo, en la magnitud debida y al ritmo indispensable.
Era menester, era inaplazable promover resueltamente el desarrollo hacia afuera, diversificar las exportaciones y crear organismos aptos para impulsarlas. Así lo hizo el Decreto 444 del 22 de Marzo de l967, expedido en uso de facultades extraordinarias, otorgadas por el Congreso. A partir de allí y hasta el fin de su vigencia cumplió sus objetivos y liberó al país de la absoluta dependencia del café, en trance de tornarse asfixiante.
Reconstrucción de las reservas monetarias internacionales
La extinción de las reservas netas internacionales y su conversión en negativas habían dejado al país financieramente desguarnecido y expuesto a arbitrarias imposiciones. A falta de este atributo indispensable de la soberanía nacional, no resultaba difícil cerrarles los créditos al Banco de la República y a todos los demás. Para el giro ordinario del comercio exterior se echaba de menos ese respaldo a las obligaciones financieras relacionadas con las importaciones y aún las exportaciones. La extrema vulnerabilidad lo exponía a toda clase de riesgos y abusos.
No fue fácil reconstruirlas, entre otras cosas porque se debía emitir para comprar las divisas. Aun así, se preservó la estabilidad monetaria y se impulsó el crecimiento económico a la tasa anual del seis por ciento. Además, setropezaba con la resistencia enconada de los organismos financieros internacionales que otorgaban créditos en condiciones favorables.
Una anécdota personal explica e ilustra esta actitud. Hallándome en Washington en cuestiones oficiales de mi cargo, me hizo llamar el Subsecretario de Estado del presidente Johnson, también tejano, para que lo visitara en su despacho a la insólita hora de las once de la noche. En efecto, allí estuve puntalmente. Sin rodeos me manifestó que había tomado la iniciativa de este encuentro para preguntarme cuál era la razón de que nos empeñáramos en acumular reservas monetarias internacionales. Espontánea y cortésmente le respondí: para no depender de usted.
Preso de la ira se puso en pie, seguidamente se serenó y me pidió que volviéramos a la calma, por mi parte en ningún momento perdida. En la hipótesis de que el interrogante impertinente hubiera obedecido a la sospecha de que estuviéramos tomando, con ese fin, recursos del préstamo de programa, le precisé que utilizábamos solamente fondos repatriados y ahorros de operación. Lo cierto es que con la Administración del presidente Jhonson tuvimos serias dificultades por el designio imperialista que le había infundido a la Alianza para el Progreso y a los préstamos de programa.
El éxito de la repatriación de capitales fue clave para superar el estrangulamiento económico. El director-gerente del Fondo Monetario Internacional, Pierre Paul Schwitzer, la consideraba factor decisivo en el éxito del régimen de cambios internacionales, de cuyos resultados había sido muy escéptico. Recordaba el fracaso anterior de Chile en un intento de operación semejante y preguntaba cuál pudo ser el móvil determinante de la respuesta de los poseedores de dichos fondos: el patriotismo le respondimos, único factor que creyó verosímil y operante.
Con nuestro régimen cambiario y de comercio exterior acabó reconciliándose, hasta el punto de que sus delegados lo recomendaran al Perú, si manejaban lo fiscal con el mismo rigor de los colombianos. El presidente Beláunde Terry vaciló y pocos días después se precipitó su caída.
Contra el ímpetu inflacionario
Siete años después, ante otra cara de la medalla, no ya de crisis sino de bonanza, el presidente Alfonso López Michelsen, en medio de fluida charla, tuvo a bien preguntarse qué haría para frenar una inflación impetuosa. Le repuse que obraría sobre las causas como lo hiciera Colombia en la Segunda Guerra Mundial y congelaría algunos precios neurálgicos. El 26 de diciembre de 1976 volví, por cuarta vez, al Ministerio de Hacienda, hasta cumplir el objetivo propuesto.
Apertura hacia adentro
Toda esta historia de esfuerzos por remover los obstáculos al desarrollo e imprimirle estable y acelerado ritmo, no menor del 6 % anual, terminó interrumpiéndose estrepitosamente con la adopción del Consenso de Washington, en cuanto sus términos vinieron a condicionar el otorgamiento de empréstitos internacionales, dentro de una concepción estrictamente ceñida a las pautas impuestas por el presidente estadounidense Roland Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher.
En efecto, se impuso y se aceptó el desmantelamiento de las redes de apoyo a los artículos susceptibles de exportarse, sin perjuicio de que Estados Unidos preservara las suyas. Los organismos de asistencia técnica y financiera a la agricultura colombiana fueron eliminados. Como también los que contribuían a la regulación de las cosechas y al almacenamiento en silos adecuados de los excedentes. La repercusión fue inmediata: baja drástica del área sembrada.
Simbólicamente, se suprimió el Fondo de Fomento Industrial, fundado para ver de mitigar las restricciones de la guerra mundial e imprimir estímulo congruente a una acelerada etapa de industrialización. Entre otras, desaparecieron las fábricas metalmecánicas que tenían de materia prima el hierro y el acero de la Siderúrgica de Paz del Río y funcionaban en el valle de Girón. No pocas emigraron a Venezuela.
No fue la primera vez que el departamento de Santander y el país sufrieran este género de aflicciones. Como sombra aciaga, en la memoria colectiva reaparece la figura presuntuosa del primer gran librecambista, don Florentino González, oriundo de esa región y en su juventud escudero político del general Francisco de Paula Santander, quien provocara la ruina de 1848 de la próspera manufactura del oriente de Colombia y su foco principal en el Socorro.
El argumento fue la división del trabajo internacional, a cuya luz tan solo correspondía a nuestros pueblos atrasados cultivar y extraer materias primas o cosechar frutos de pan coger, en tanto se reservaba a las naciones desarrolladas, esencialmente europeas y, en particular, Gran Bretaña, elaborar aquellas y producir bienes industriales. En nuestro tiempo y en plena globalización, el arma letal ha sido la amenaza de suspensión o la manipulación de los créditos internacionales.
Riesgos del automatismo de los mercados
Nunca he creído en el automatismo de los mercados. La ruptura de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos demostró, una vez más, sus flaquezas y peligros, más aún sus deformaciones, desviaciones y tergiversaciones por el desenfreno de la codicia que, a falta de regulaciones preventivas, lleva a terribles crisis y acaba dejando su solución o su alivio a cargo del Estado, al cual toca reponer y componer los trastos rotos y ver de reanimar los órganos paralizados o deformados”.EC
[1] *Adaptación del discurso de Abdón Espinosa Valderrama en la Academia Colombiana de Ciencias Económicas el 26 de Septiembre de 2013.
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